El Museo Robert Brady.
Un mundo por descubrir
y disfrutar.

 

Por María Celia Fontana Calvo.
Escuela de Turismo, UAEM.

 

El Museo Robert Brady es uno de los espacios culturales más icónicos de Cuernavaca. Esta casa museo, emplazada detrás de la catedral, en la llamada Casa de la Torre, constituye el epígono moderno e internacional de un conjunto arquitectónico especialmente emblemático en la ciudad, comenzado a construir en el siglo XVI como recinto conventual franciscano.

La carismática Casa de la Torre fue remodelada por el segundo obispo de Cuernavaca, Francisco Plancarte y Navarrete (1898-1911), a comienzos del siglo XIX para servir de observatorio astronómico. El elemento que caracteriza y da nombre a la vivienda, la esbelta torre elevada sobre el acceso principal, fue construido entonces; pero a causa de los acontecimientos históricos subsiguientes, la propiedad se mantuvo poco tiempo en manos eclesiásticas. Tras la Guerra Cristera (1926-1929), fue desamortizada y pasó a manos de un particular, George Thatcher, antes de que Robert Brady la adquiriera en 1961. El artista plástico y coleccionista estadounidense, nacido en Iowa en 1928, estableció en ella su última residencia y la remodeló adecuadamente para alojar su nutrida colección de arte de todo el mundo. Brady murió en 1986 y cuatro años más tarde, después de las necesarias obras de saneamiento y reacomodo –que respetaron en lo posible el “ojo del artista”–, la casa fue abierta al público como Museo Robert Brady.

 

 

Cada rincón del museo muestra el inefable deseo de Robert Brady de aprender del arte mediante su directa contemplación y disfrute.

 
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De apreciar, en la interacción con las piezas, su valor más genuino, independientemente de la época en que fueron creadas, de su procedencia o de su autoría. Y de hacer accesible su esencia a futuros artistas y amantes del arte. Las piezas escogidas son particulares exponentes de belleza, de expresión y de influencias diversas. Por supuesto decoran y ambientan, pero, además, hablan sin tapujos de quien las adquirió y las dotó de un sentido especial en un preciso lugar, lo que convierte al contenedor y al continente en obras únicas.

Brady llamaba a la Galería su sala de coleccionista. En ella reunió una multitud de piezas artísticas de diferentes culturas de todo el mundo; en este sentido, los atecocollis de la mesa central concitan a la reunión de los pueblos. Como si de otro muro de Breton se tratara, en un clima de máxima libertad, todo se mezcla y se fusiona para generar novedad e inspiración.

 

 

En las series de figuras mesoamericanas y africanas, ubicadas en muros y expositores, Brady destaca alguna pieza especial y coloca a su lado la obra que a él mismo le ha inspirado: su personal versión contemporánea.

 

The Barnes Foundation con sus famosos ensambles destaca el enorme papel del arte primitivo y tribal en las nuevas propuestas estéticas del siglo XX. Como buen discípulo del Dr. Barnes (Filadelfia, 1872-Phoenixville, 1951), Brady sugiere mensajes semejantes, pero solo en la medida en que el receptor es capaz de percibirlos. Sin la vocación didáctica de Barnes, sus asociaciones pasan más desapercibidas y en muchas ocasiones tienen algo de juego -entre inocente y malicioso- y hasta de adivinanza. Preside el muro largo de la Galería un rostro abstracto de su autoría, trabajado como tapiz. Constituye en sí mismo un buen ejemplo de la lección señalada antes sobre el arte moderno, pero, además, tiene una función determinada en el lugar. Con sus formas sencillas, y a la vez intrincadas, resulta tan espantable como otros elementos de su entorno (leones, máscaras, figuras monstruosas) que buscan proteger simbólicamente la sala.

En cada ambiente de la casa se hace patente el gusto del anfitrión por el detalle, por la característica que hace a una pieza especial entre las demás de su género. En la figura humana Brady se detiene en posiciones, gestos y, sobre todo en los rostros. Se recrea en las piezas hasta darles vida al jugar con ellas como si de personajes se tratara. ¿No son figuras actorales las cerámicas de la Cantina –procedentes de San Agustín Oapan (Guerrero)– que forman La familia? El retrato de Brady preside en la hornacina central el grupo formado por sus amigos: Paula Laurence, Cantinflas, María, la cocinera –con un niño en brazos– y Peggy Gugghenheim. Felices parecen estar todos ellos junto a las muñecas de papel maché –en el rol de cabareteras–, máscaras, diablos y hasta esqueletos. Brady muestra a través de una variedad de objetos todos los efectos del alcohol en una asociación humorística al más puro estilo mexicano: desde la alegría y la fiesta, hasta los lamentables excesos e –incluso– la muerte. Una amenaza fatal se cierne también una sección de la Sala Amarilla, ubicada en el piso superior. Debajo del óleo de Roberto Montenegro Yucatán con tigre (c. 1930), colocado sobre la chimenea, Brady recrea con piezas tridimensionales una escena semejante, ambientada más bien en una época anterior a la conquista. En su composición, lo que aterroriza a la población no es un felino, como en el cuadro, sino dos perros cebados, dos xoloitzcuintles. Un rostro doble mira con pánico a todos lados, mientras diminutas figuras gesticulan espantadas ante las moles caninas, de apetito voraz, dado su fenomenal aspecto.

 

Brady es, esencialmente, un coleccionista decorador. Y en sus cuidados espacios hay dos básicos imprescindibles: el color y la luz.

 
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Su fascinación por estos elementos debió guiarle primero a Venecia, donde vivió seis años, y después a México. Como Luis Barragán y algunos de los mejores arquitectos mexicanos del siglo XX, Brady incorpora el color en los muros de las salas para dotarlas de personalidad y generar ambientes determinados. Con el color como protagonista, crea la Recámara Oriental para invitados en el piso superior, a la que se accede desde la vibrante Sala Amarilla, con su negro contrapunto. La decoración calada y curvilínea de la recámara maneja una amplia gama de rosas, rojos y morados. Esta calidez cromática es la mejor aliada en un ambiente que detona un imaginario repleto de música y danza exóticas, rico en densos aromas, sabores especiados y placentero relax, con el toque chic, elegante y atrevido de toda la casa, y también de la persona para quien Brady preparó este espacio: la artista afroamericana nacionalizada francesa Josephine Baker (San Luis, 1906 – París, 1975). El color da nombre a los baños principales: el Baño Amarillo, en la planta baja, recubierto de azulejos antiguos de Puebla: blancos, negros y amarillos, y el Baño Verde, en la superior, donde predomina el verde de la pared y el azul de la talavera poblana en muebles y accesorios. Brady demuestra que sin luz no hay color y en algunas de las ventanas principales de la casa compone círculos cromáticos. Especialmente atractivo por su ubicación es el de la Sala de Obra Gráfica, donde piezas escogidas –entre ellas coloridas botellas de cristal de Murano– se presentan delante de una reja radial y semicircular, que Brady adquirió procedente de una antigua casona de la ciudad de México para crear el efecto deseado.

Todo museo plantea retos y ofrece oportunidades. El turismo cultural se vincula cada vez de manera más estrecha con la formación no reglada. En el Museo Robert Brady, los visitantes pueden contemplar una de las colecciones más diversas e interesantes compuestas por un extranjero enamorado del arte y la cultura de México: un artista cosmopolita y algo excéntrico que dejó en la Casa de la Torre su mejor legado para ser aprovechado por quien emprenda sin cortapisas la siempre excitante aventura del conocimiento.